viernes, 21 de agosto de 2015

Puse Transformer y me fui a bañar. Dejé todas las puertas que separan el cuarto del baño abiertas para que la música llegara con la mayor perfección posible. Me puse abajo del agua tarareando.
En algún momento algo debió pasar porque me encontré divagando sobre las últimas dos horas que había pasado envuelta en una frazada llorando. Después de llorar durante bastante tiempo, es difícil querer pensar sobre las razones, más que nada porque la catársis ya ha sucedido, volver teniendo a flor de piel el sentimiento no es lo más recomendable. Pero sonaba Lou Reed, y nada podía salirse de lugar con un  disco tan increíble de fondo. Abajo del agua, perdiendo temporalidad y control un impulso inquietante me hizo querer llamar a todos los hombres que conocía para insinuarles de acostarnos juntos. Solo eso, sexo. Pensé que la solución más cercana a una tristeza que no se controla es lo opuesto: el placer. Tener relaciones con distintos hombres para experimentar placer que saque de plano la tristeza. Hombres que solo serían cuerpos ajenos, sin vínculos, cuerpos que interpretan y entregan placer. Sólo eso, cuerpos catárticos, anamórficos, pero principalmente no míos, no propios, casi no humanos. Cuando salí de la ducha el tacto de mi propio cuerpo se endureció y la tristeza volvió a tomar forma, de un modo tan arrebatador que ya no quedaba lugar para el placer.

2 comentarios:

Sebastián dijo...


El contagio que sirve para revisitar; cuanto hace que no escuchaba 'Transformer', lo había olvidado, un gran disco; también he sabido paladear 'New York'.

Digo; con la humildad de lector de toda la vida, éste es un mail de escritora.

Que bien expresas tus pesares, con una prosa sensible, rítmica y sin empalagos. El azar me trajo a tu ventana de intimidad, y con la misma fragilidad de mi arribo, así, de manera leve, casi indeleble, te quiero dejar mi saludo de compañía y empatía.




S. dijo...

Me gusta la idea de "mail de escritora". Gracias Sebastián, nunca está de más reencontrarse con don Reed.